La voluntad inquebrantable de una familia que entendió que el pan es, ante todo, un acto de amor y permanencia.

Donde todo comenzó

Allá por el 1900, entre el polvo de los caminos y el auge del ferrocarril de Laguna Paiva, el “Viejo Perin” sembró la semilla de este oficio.

Entre el calor del horno a barro y el aroma a pan fresco crecieron Tulian, Juan, Luis, Nini y Anita.

Fueron años de aprendizaje compartido y madrugadas largas.

Hasta que en 1940 la vida llamo a los hermanos a trazar sus propios rumbos.

Mientras Tulian y Luis emprendían proyectos independientes, la panadería quedó al resguardo de Nini, Anita y su esposo, quienes asumieron con honor el compromiso de mantener encendidos los hornos que los vieron nacer.

La prueba del destino y el rescate de una identidad

La vida puso a prueba la fortaleza de la familia en 1958. Tras la dolorosa pérdida de su esposo, Anita se encontró sola frente al inmenso desafío de criar a sus tres hijos y sostener el negocio.

El peso de la ausencia y el cansancio la llevaron a sentir que ya no tenía fuerzas para continuar, y la idea de vender la panadería parecía el único camino posible.

Sin embargo, fue su hijo del medio, Luis Rodríguez, quien a pesar de ser solo un niño de 12 años, se negó a ver desaparecer el legado de su abuelo.

Con una madurez asombrosa, convenció a su madre y a su tía de no desprenderse del patrimonio familiar. Así, la panadería fue alquilada durante dos décadas, esperando el momento en que su verdadero heredero estuviera listo para regresar.

El regreso a casa: nace TATO

En 1978, el llamado de las raíces fue más fuerte que la comodidad. Luis, que se desempeñaba en un banco en Santa Fe, decidió dejar atrás la seguridad de su empleo para honrar aquel deseo que guardaba desde niño: recuperar la panadería de su familia.

Pero en este camino no estuvo solo; lo hizo de la mano de Olga, su compañera

incondicional, quien fue el apoyo, la fuerza y el corazón detrás de cada paso. Juntos regresaron a Paiva, donde Luis volvió a calzarse el delantal y tomó las riendas del negocio para darle un nuevo nombre: «TATO», como apodaban cariñosamente a su hijo mayor.

En ese escenario crecieron sus tres hijos: Tato, Soledad y Carolina. Aunque eran pequeños cuando la persiana volvió a levantarse, el oficio se les fue pegando a la piel; de niños ayudaban en lo que podían y, con los años, ese juego se transformó en compromiso.

Hoy en día, ellos son el motor que sostiene el negocio junto a Luis y Olga, manteniendo vivo el legado familiar.

Aquella reapertura fue mucho más que un nuevo comienzo comercial; fue el renacer de una identidad que nunca se había ido y el cumplimiento de una promesa hecha al corazón.

Un nuevo horizonte

Aquella semilla que el Viejo Perín plantó en Paiva siguió creciendo y extendió sus ramas.

El 1 de mayo de 1987, abrimos con orgullo nuestra planta de producción en un barrio en el corazón de Santo Tomé, llevando con nosotros el mismo aroma y el mismo compromiso de siempre.

Hoy, cuando entras a nuestra panadería, no solo te llevas el fruto de nuestro trabajo, sino también un pedacito de esta historia. Somos la suma de aquellas madrugadas de 1900, de la valentía de Anita, de la pasión de Luis, del empuje de sus tres hijos y del control de Olga, la jefa.

Una familia que, después de más de un siglo, sigue eligiendo cada día el calor del horno para abrazar a su comunidad.